lunes, 5 de septiembre de 2011

el desafio nuestro de cada dia

“Felices los que trabajan por la paz, porque serán reconocidos como hijos de Dios.”

 

Y aquí estoy, pensando en un homenaje póstumo a una persona que no conocí, que hace unos días me hubiera parecido un ricachon mas repartiendo limosna, pensando en que "solo cumplía con lo mínimo", criticando sin conocer.  Y sin embargo aquí estoy pensando en que tengo muy poca pasta de héroe como para seguir esos pasos algún día.

Acá radica realmente la diferencia entre solidaridad real y solidaridad por cumplir, solidaridad por amor a los demás y solidaridad por figurar.  Para quien la recibe, ambas son súper útiles, pero ¿cual es mas valiosa?, claramente la que se da con amor, la que se da de tu a tu, la que se entrega en persona.  Es en este momento donde florecen nuestras dicotomías, todas nuestras contradicciones de siempre, acá aparecen nuestras ganas de hacer el bien, de ayudar, de comprometernos, pero siempre tratamos de que  esas ganas se noten,  para que quien este atento te lo haga  saber, y luego a la comunidad,, para que se comente que eres una gran persona, solo para sentirte valorado, y ojala que te den las gracias, por ahí un aplauso, y si se puede, algún reconocimiento para acordarte lo bueno que fuiste, algo con tu nombre y tu apellido, pal`  currículum que presentaremos en el Cielo.      Pienso en los magnates que crean grandes fundaciones con sus nombres, que donan grandes sumas a pobres que no son mas que números, a personas que son estadísticas,  a idealizaciones de la precariedad, sin haberla conocido en persona.  Y no digo haberla sufrido, digo haberla conocido.  

Más allá de quien haya sido, Felipe Cubillos fue un grande, un tipo que para ayudar se iba a meter donde las papas queman, metía las patitas al barro, un tipo que entendió que se da mas enseñando a pescar que dando pescado, un tipo que hace rato estaba por una educación digna y de calidad, uno que no se guardo las ganas de hacer cosas por los demás.   Poco me interesa que haya sido de izquierda o derecha, creyente o no, poco me importa.  Un hombre no se mide por esas cosas, se mide por su huella, por su legado, por su trascendencia.  

La trascendental pregunta de San Alberto Hurtado; ¿Que haría Cristo en mi lugar?, tiene una respuesta inmediata y urgente en la obra que Felipe Cubillos encabezaba, ir por el necesitado, y no esperarlo en la comodidad y tibieza de tu casa, mirarlo y acogerlo, entregarle y no dejarlo solo, acompañarlo, darle ese empujoncito inicial y mirar como toma vuelo.  Todo eso es ciertamente un Desafío.

El testimonio, que echa al suelo la "solidaridad por cumplir" la que, a veces, nos pilla a nosotros mismos echando de mala gana una moneda al tarro de una persona que pide, pensando siempre en el uso que se le dará, haciendo juicios morales rápidos y baratos, contrastada con la que el practicaba, moviéndose, visitando, proyectando, poniéndosela como desafío.

Que importante es hoy dar todos los días la vida, aunque sea muy de a poco, por los demás, partiendo por saludar, por sonreír, por entregar lo poco que tenemos, hasta darla, aunque sea accidentalmente, por entregar esperanza a los que más la necesitan.

Tarde viene el homenaje, muy tarde, pero ojalá el testimonio de la vida de ese compadre sea un zamarreo a nuestras conciencias, a nuestra comodidad, a nuestro desanimo, nuestra displicencia.

Felipe, gracias por dejarnos ese gran desafío.

jueves, 18 de agosto de 2011

Dios en la perspectiva de Dios

"Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí."  (Mt 15,8)

  
Sinceramente una de las cosas que más me cuesta en mi camino de fe, es ver a Dios, al Señor, en la perspectiva real de quien es; el Creador.
Digo esto por cuanto siempre tengo la primera intención de pedirle mi voluntad y también por lo mucho que me cuesta aceptar la suya.   Lo digo también porque no baso mi vida en El, muchas veces lo pongo en un plano secundario, que incluso, puede llegar a molestar en determinadas circunstancias.  Es doloroso, pero así es.  Y a mucha gente le pasa, las preocupaciones de cada día siempre se anteponen a mis intenciones de relacionarme con Dios, prueba de ello es que no actualizaba mi blog hace bastante rato.
Hace muy poco me pasó, la enfermedad de mi señora fue, entre otras cosas, una prueba tremenda a mi confianza en El, a la forma en la que me relaciono con El.  Y debo reconocer que mis fuerzas flaquearon, busqué en otro la comunicación con Dios, pedí oración, y a mi mismo me costaba mucho orar.  Cada vez que quise decir; "Señor, si quieres aparta de mi este caliz, pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya", me llenaba de miedo y me callaba en la mitad de la oración.
Cuantas veces pido-ordeno a Dios lo que quiero y no le pido con la humildad de quien necesita, muchas veces ni siquiera sé que necesito.  Trato de poner a Dios en la perspectiva de mi conveniencia, entonces lo hago mi sirviente, mi esclavo, me pongo sobre EL, cuando mi fe Cristiana debiera apuntar en una dirección diametralmente opuesta, yo debo ser el esclavo, el sirviente, de la voluntad de mi Padre Celestial, y con ello un trabajador del Reino que viene, y que pido que venga cada vez que digo el Padrenuestro. 
Cuantas veces, la cruz que llevo la quiero usar como un amuleto y no como parte de mi identidad cristiana, no como el recordatorio de quien me amó hasta la muerte.
Poner a Dios, en la perspectiva REAL de quien es, constituye un reto para nosotros.

Continuaré con esta idea...

martes, 14 de junio de 2011

La Iglesia que yo amo

La Iglesia que yo amo

"...porque él hace salir el sol sobre malos y buenos y hace caer la lluvia sobre justos e injustos..."



Hoy encontré y leí un  poema del recordado Cardenal Raúl Silva Henríquez llamado “La Iglesia que yo amo”, e inevitablemente me acordé de la Iglesia de mi infancia, la que yo conocí, la de la María Mediadora de Villa Sur.  Era la Iglesia del club de ancianos "Los Lolos de Ayer", donde participaba la Mamy Luisa, cuando sus reuniones de cada martes eran sagradas y no atendía ni a las visitas, la de las salas de madera, donde el frío se colaba inclemente en invierno.  La de la preciosa imagen de Cristo de madera, así como la de la Virgen María a la derecha del altar, la de ladrillos desnudos, de bancas de fierro y madera, el campanario de fierro, de ventanas romboides, de ruido de palomas y de las estaciones del Vía Crucis en el cielo.  Ahí me bautizaron, cuando aún era Capilla, ahí velamos a los viejitos, ahí quise casarme. mucho tiempo después.

Hoy, mirando en retrospectiva, siento que nunca me alejé tanto, a pesar de lo lejos que me sentía, siempre la Iglesia estuvo ahí, cerca y cercana.  Siempre estuvo ahí, en el mismo lugar, al lado del jardín infantil y de la fábrica de muebles.  Los domingos, además se escuchaba lo que pasaba en la cancha de al lado.  La Iglesia doméstica, de las oraciones desesperadas por la salud de la Luchita, de la familia, reunida en una casa humilde de una población.  La del pasaje Aurelio, y de todos los pasajes donde habían conocidos.  La de hermanos en la Fe, que incluso eran de otros credos, como el vecino evangélico que nos acompañaba cuando la Mamy estaba enferma. 

La Iglesia que conocí era de hermanos, de familias, de trabajadores.  No podría recordar todos los nombres de las personas que me eran familiares en aquel tiempo, sólo por citar estaría la Sra. Irmita que era costurera.  Era la Iglesia cotidiana, la que describe el Cardenal en su poema, la de compartir con el vecino, la de los amigos, la Iglesia que se da por completo sin tener nada que dar.

Yo encontraba bonita la María Mediadora, con su jardinera del centro, la casa parroquial y el salón donde para los 18 se hacía una fonda, el mismo donde, para mi primera comunión, nos hicieron un rico y esforzado desayuno de leche con chocolate.  No era alta, no era imponente, más bien era humilde, no se veía a la distancia como otros templos, los muros exteriores siempre estaban rayados, las rejas oxidadas, pero era bonita, era una casa muy acogedora.

Recuerdo haber vivido muchos Rosarios, sin entender mucho de que se trataban, varios meses de María rezados en la casa, muchas Misas dominicales de todo tipo, de esas de donde mi Mamy Luisa se devolvía tarde a la casa (Hoy la entiendo, a mi me pasa lo mismo), las navideñas, que terminaban retarde y por las que recién podíamos cenar apurados para abrir los regalos a las 12.  Lo que siempre fue motivo de enojo.  Recuerdo las ferias de las pulgas que se ponían los domingos, después de Misa para que las pastorales juntaran fondos.  Esos quequitos mañaneros eran deliciosos.    Mi Mamy me llevaba los 14 a Santa Gemita en Av. Suecia en Ñuñoa y otras veces al Santuario de Lourdes en Matucana, que se complementaba con un paseíto a la Quinta Normal.

La Iglesia chilena con la que crecí era una Iglesia de mártires, una Iglesia perseguida, donde muchos curas eran considerados peligrosos por defender la vida, el mismo Raúl Silva Henríquez como líder de la Iglesia chilena, la misma de André Jarlan y Pierre Dubois.  La Iglesia de las poblaciones, donde los movimientos católicos se mezclaban con los movimientos obreros, donde los curas se movían en bicicletas,  Iglesia de gente trabajadora, de la revista "Solidaridad", palabra que en mi niñez no alcanzaba a descubrir su dimensión y me hacía gracia lo complicada que era.  En esa época Alberto Hurtado aún era el Padre Hurtado, y su santuario era más bien pobre, ahí en General Velásquez.  En ese entonces, la palabra Vicaría era peligrosa, mis años de infancia eran los años de la dictadura, años oscuros, de muerte y tortura, de cesantía extrema, del PEM y del POJH, y la Iglesia que conocí era de curas valientes, que protegían a los perseguidos, que acogían a los que sufrían, que ayudaba en la clandestinidad.  Era también la Iglesia de la Teología de la Liberación, de próceres como Rafael Maroto, de monjas obreras sin hábito, de curas de jeans, comprometidos con sus comunidades hasta dar la vida, la Iglesia de "curas rojos".  Muchos podrán decir que en los barrios acomodados había otra Iglesia, pero la que yo viví es la que recuerdo.


Cuando me alejé de la Iglesia me perdí, cometí todos los errores que podía cometer y luego, cuando toqué fondo, volví, y llegue a otro templo, a otra parroquia, a Cristo Resucitado de Maipú, mi nueva comuna, y no tuve que dar explicaciones de mi alejamiento, se me acogió y me sentí acogido.  En ella encontré otros hermanos, amigos, guías, y ya adulto tuve mi reencuentro con Dios, y finalmente me sentí perdonado y amado. 

Lo que encontré fue otra Iglesia, porque también son otras las circunstancias, muchos que durante los tiempos difíciles hoy reniegan de ella, la encuentran conservadora, pechoña, anticuada, pero no fue la Iglesia la que cambió, la defensa de la vida se mantuvo, sólo que hoy se lucha contra otra dictadura.   En esta nueva Iglesia también encontré curas valientes, comprometidos, testigos, que protegían y acogían, que ayudaban, esta vez ya no a esconderse, sino a salir del escondite, a sacar la cara a la calle y mirar el sol y a los hermanos sin ninguna vergüenza.  Valientes, porque para anunciar hoy el Evangelio hay que serlo, porque para ser testigos del amor incondicional de Dios, hay que serlo.  Porque a pesar de los errores de sus hermanos sacerdotes, ellos no se ocultan, dan la cara y piden perdón. 

Encontré la misma Iglesia de hermanos, de familias y de trabajadores.


La Iglesia que yo amo


La Iglesia que yo amo es la Santa Iglesia de todos los días.
La encontré peregrina del tiempo, caminando a mi lado.
La tuya, la mía, la Santa Iglesia de todos los días.
La saludé primero en los ojos de mi padre, penetrados de verdad.
En las manos de mi madre, hacedoras de la ternura universal.
No hacía ruido, no gritaba, era la biblia de velador,
Y el rosario y el tibio cabeceo del Ave María.


La iglesia que yo amo, la Santa Iglesia de todos los días.
Antes de estudiarla en el catecismo,
me bañó en la pila del bautismo, en la vieja parroquia Santa Ana.
Antes de conocerla ya era mía, la Santa Iglesia de todos los días.
Era la iglesia de mis padres y la iglesia de la cocinera.
La Rosenda lloraba las cebollas, rezando el Padre Nuestro iba a misa la María,
Me llevaba de su mano a la Iglesia Santa de todos los días.
En la aventura del mundo que crecía, con Pablo y con Pedro y Teresita,
La Iglesia Santa de todos los días.


Jesucristo, el Evangelio, el pan, la eucaristía, el Cuerpo de Cristo humilde cada día.
Con rostros de pobres y rostros de hombres y mujeres,
que cantaban, que luchaban, que sufrían.
La Santa Iglesia de todos los días.


A los 10 años se dice, a los 12 misioneros, a los 13 y los 14,
vitrales increíbles de mil rostros y voces llamadas.
Vino el obispo y el sacerdote, la palabra que oraba y penetra las raíces de la vida.
Juntaba pueblos, despertaba a los dormidos,
Llamaba a la oración añorados perdones de constricción,
Remecida de testigos, la iglesia comunión argüía, incomodaba,
Convidaba a la basta corriente de la paz,
A los riesgos misioneros,
A las selvas del Congo,
Al seguimiento del amigo.


La iglesia del corazón limpio,
La iglesia del camino estrecho,
La bella iglesia de la vida,
La Santa Iglesia de todos los días.


Y el Papa de nuestra fe, en mi corazón joven,
Apretando a la justicia, traduciendo las bienaventuranzas,
abriendo bastos horizontes, prolongando nuevas andanzas
y rostros ignorados y pueblos heridos, de quemantes abandonos,
el Papa de todas las lenguas, de urgentes problemas,
de infinitas confianzas, el Papa de la Iglesia de todos los días
y los mandamientos de su sabiduría.


Y lo que no estaba, ni está , ni estará oficialmente inscrito y reservado,
El pueblo de la iglesia sin fuerza, la iglesia ancha de las 100 mil ventanas
Y el aire del espíritu católico circulando en libres espirales
Y los pobres construyendo catedrales de paja, desperdicio y leño,
Con ojivas de pizarreño y lo mejor de su pobreza.


Escuchen que vienen por las calles la iglesia de las grandes y pequeñas procesiones,
La iglesia heroica de amor, la vieja heroica de amor entre rezos y devociones,
Desde sus andas multicolores, los santos le preguntan sus perdones,
Porque crió los hijos que no eran suyos y rezó por muertos que la humillaron
Y vivió tan pobre sin voto de pobreza y dio la mitad de lo que no tenía.


Va en procesión feliz detrás del anda,
Los santos la miran desde su baranda distinta en su tecnología,
Esta humilde iglesia de todos los días.


Amo a la iglesia de la diversidad, la difícil iglesia de la unidad.
Amo a la iglesia del laico y del cura, de San Francisco y de Santo Tomás,
La iglesia de la noche oscura y la asamblea de la larga paciencia.


Amo a la iglesia abierta a la ciencia, y esta iglesia modesta con olor a tierra,
Construyendo la ciudad justa, con sudores humanos,
Con el credo corto de los apóstoles.


Amo a la iglesia de los padre y los doctores,
De algunos sabio de hoy en día que escriben libros para los hombres y
no se quedan en librerías.


Amo a la iglesia de aquí y ahora,
La iglesia pobre de nuestro continente,
Teñida de sangre, repleta de gente
De pueblos antiguos sin voz y derrotados
Amo a la iglesia de la solidaridad
Que se da la mano en santa igualdad.


Amo a esta iglesia que se acerca a la herida de su Cristo.
La iglesia de Puebla y Medellín, de Dom Elder, de Romero y Luther King,
que vienen de la mano de Moisés, David, Isaías y Exequiel.


Amo a la iglesia que va con su pueblo sin transigir la verdad,
Defiende a los perseguidos y anhela la libertad.


Amo a la iglesia esperanza y memoria,
A la iglesia que camina y a la iglesia de la santa nostalgia,
Sin la cual no tendrían futuro.


Amo a la iglesia del verbo duro y del corazón blando.
Amo a la iglesia del derecho y del perdón.


La iglesia del precepto y de la compasión,
Jurídica y carismática, corporal y espiritual,
Maestra y discípula,
Jerárquica y popular.


Amo a la iglesia de la inferioridad, la pudorosa iglesia de la indecibilidad.
Amo a la iglesia sincera y tartamuda,
A la iglesia enseñante y escuchante,
La iglesia audaz, creadora y valiente,
Y a la santa iglesia convaleciente.


Amo a la iglesia perseguida y clandestina,
Que no vende su alma al dinero omnipotente.
Amo a la iglesia tumultuosa ya la iglesia de surcos milenarios,
Amo a la iglesia testimonial y a la iglesia herida de sus luchas interiores y exteriores.
Amo a la iglesia por conciliar que va de la mano respetablemente de la Santa iglesia tradicional.


Amo a la iglesia de la serena ira,
A la iglesia de Irlanda y Polonia, de Guatemala y de El Salvador,
A la iglesia de los postergados y a la iglesia de la multitud de marginalizados.


No quiero una iglesia de aburrimiento, quiero una iglesia de ciudadanía,
De pobres en su casa, de pueblos en fiesta, de espacios y libertades, quiero ver a mis hermanos aprendiendo y enseñando al mismo tiempo, iglesia de un solo Señor y Maestro
Iglesia de la palabra y de los sacramentos.


Amo a la Iglesia de los Santos y de los pecadores
amo a esta Iglesia ancha y materna
no implantada por decreto,
la Iglesia de los borrachos sin remedio,
de las prostitutas que cierran su negocio el Triduo Santo.


Amo a la Iglesia de lo imposible
la Iglesia de la esperanza a los pies de la mujer,
la Santa Madre María.
Amo a esta Iglesia de la amnistía,
la Santa Iglesia de todos los días.


Amo a la Iglesia de Jesucristo,
construida en firme fundamento,
en ella quiero vivir
hasta el último momento.


Amén.

miércoles, 25 de mayo de 2011

La Vid

"...El corta todos mis sarmientos que no dan fruto; al que da fruto, lo poda para que dé más todavía..."  San Juan 15



La cosa es mas o menos asi, venía en el metro, saco las lecturas del día, que recibo via email, las leo y llego a la meditación, hoy la de San Francisco Javier, y la primera línea me toca inmediatemente:
"Que nadie alimente la ilusión de pensar que destacará en las cosas grandes, si no destaca en las cosas humildes".  Epa!, ¿Que hago entonces con lo que he ido madurando en el corazón? ¿con mi idea de consagrarme definitivamente al Amor Eterno?.  Que gran balde de agua fría sentí.  Pero luego me di cuenta que, muy por el contrario, no es la idea el desanimarme sino el empujarme a comenzar desde abajo.
El Señor te pide eso, comenzar con pequeñas obras, que al ir creciendo, si se suman entre sí, dan como resultado una obra grande a su gloria, a su nombre.
¿Que saco con construir una gran catedral si carezco de Fé?, creo que por ahi va la cosa.
Dice Jesús "Al que da fruto, lo poda para que de más todavía", que miedo!, no basta con avanzar hasta ese punto cómodo en el que me siento un buen Cristiano (Decía antes; ir a Misa, orar, confesarme y participar de la ritualistica), el Señor, un jefe muy exigente, te pide más (Aunque nada que Él no te haya dado antes), y quien da poco se le pedirá poco.  
La frase de San Francisco Javier, que sea un comienzo, que sea un entender de como se avanza, paso a paso, en la tarea tremenda de traer un poco del Reino de Dios a nuestro mundo.

Señor
Enseñame a caminar en tu camino
Enseñame a ir paso a paso
Alegrate conmigo en mis pequeñas obras consagradas a ti
Para que, algún día, sea mi propia vida una obra ofrendada a tu gloria.
Amen

lunes, 23 de mayo de 2011

Camino





Uno se puede pasar la vida buscandolo, pero finalmente es Dios quien te encuentra.
Es Él quien sale a tu encuentro, te pilla en la mitad de cualquier camino, y te conduce al suyo.  Quien otro sino Dios mismo; "Camino, Verdad y Vida".    Dios mismo, como el Padre misericordioso de la parábola, te divisa y sale a tu encuentro, y es donde esa imagen que tanto me conmueve, en la que devuelve la dignidad al hijo perdido, se hace realidad.  Eso pasa todos los días.
Ese encuentro con Dios, que sin duda es un encuentro feliz, se transforma siempre en el comienzo de un nuevo camino, y vaya camino!.  Y si estás dispuesto a recorrerlo, y avanzas, en algun momento te encontrarás caminando en un lugar que, aunque iluminado, aparece muchas veces sin señalización, es entonces cuando vienen grandes preguntas; ¿Es este el camino?, ¿Que es lo que esperas de mi Señor?, ¿Donde me llevas?, ¿Cual es el fin?.  Y es ahí donde debemos mostrarnos dispuestos, porque las respuestas pueden ser duras y dolorosas pruebas.  Finalmente, en ese punto entendemos que somos instrumentos suyos; ¿Para que? ufff, como saberlo...
Con la ayuda de la meditación, de la oración, del silencio, de la eucaristia puedes encontrar algunas respuestas, pero no todas, porque por cada respuesta que se va escribiendo en el corazón, surgen siempre cada vez más preguntas.  Es importante, por lo mismo, estar muy atentos, no vaya a ser que una de esas respuestas te saquen del camino.
Por mi parte, mi camino recién comienza, las heridas cada vez sanan mejor, y las bendiciones y las sutilezas del Señor me acompañan siempre.  Dios se manifiesta todos los días con pequeños signos, con mucha ayuda, con mucha luz y paz,  y si bien mis deseos tienen metas altas, sólo Dios puede indicarme si son metas apropiadas, o si estoy preparado para ellas o debo prepararme aún más. 
Padre querido, estoy en tus manos, Madre de los Cielos, enseñame a decirle siempre Si al Señor...

Espiritu Santo eres el alma de mi alma
te adoro humildemente
ilumíname, fortifícame, guíame, consuélame
Y en cuanto corresponde al plan del Eterno Padre Dios
revélame tus deseos.
Dame a conocer lo que el Amor eterno desea de mi
Dame a conocer lo que debo realizar
Dame a conocer lo que debo sufrir
Dame a conocer lo que silencioso, con modestia
y en oración debo aceptar, cargar y soportar.
Si, Espiritu Santo, dame a conocer la voluntad del Padre.
Pues toda mi vida no quiere ser otra cosa que un continuado
y perpetuo Si a los deseos y al querer del Eterno Padre Dios.
Amén. 

YO soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por Mí. Juan14 :6



"YO soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por Mí"    Juan14 :6

lunes, 2 de mayo de 2011

Benedicto XVI: Homilia Beatificación Juan Pablo II

"...Maestro, sabemos que tú has venido de parte de Dios para enseñar..." (Evangelio según San Juan 3, 2)



Queridos hermanos y hermanas.
Hace seis años nos encontrábamos en esta Plaza para celebrar los funerales del Papa Juan Pablo II. El dolor por su pérdida era profundo, pero más grande todavía era el sentido de una inmensa gracia que envolvía a Roma y al mundo entero, gracia que era fruto de toda la vida de mi amado Predecesor y, especialmente, de su testimonio en el sufrimiento. Ya en aquel día percibíamos el perfume de su santidad, y el Pueblo de Dios manifestó de muchas maneras su veneración hacia él. Por eso, he querido que, respetando debidamente la normativa de la Iglesia, la causa de su beatificación procediera con razonable rapidez. Y he aquí que el día esperado ha llegado; ha llegado pronto, porque así lo ha querido el Señor: Juan Pablo II es beato.
Deseo dirigir un cordial saludo a todos los que, en número tan grande, desde todo el mundo, habéis venido a Roma, para esta feliz circunstancia, a los señores cardenales, a los patriarcas de las Iglesias católicas orientales, hermanos en el episcopado y el sacerdocio, delegaciones oficiales, embajadores y autoridades, personas consagradas y fieles laicos, y lo extiendo a todos los que se unen a nosotros a través de la radio y la televisión.
Éste es el segundo domingo de Pascua, que el beato Juan Pablo II dedicó a la Divina Misericordia. Por eso se eligió este día para la celebración de hoy, porque mi Predecesor, gracias a un designio providencial, entregó el espíritu a Dios precisamente en la tarde de la vigilia de esta fiesta. Además, hoy es el primer día del mes de mayo, el mes de María; y es también la memoria de san José obrero. Estos elementos contribuyen a enriquecer nuestra oración, nos ayudan a nosotros que todavía peregrinamos en el tiempo y el espacio. En cambio, qué diferente es la fiesta en el Cielo entre los ángeles y santos. Y, sin embargo, hay un solo Dios, y un Cristo Señor que, como un puente une la tierra y el cielo, y nosotros nos sentimos en este momento más cerca que nunca, como participando de la Liturgia celestial.
«Dichosos los que crean sin haber visto» (Jn 20, 29). En el evangelio de hoy, Jesús pronuncia esta bienaventuranza: la bienaventuranza de la fe. Nos concierne de un modo particular, porque estamos reunidos precisamente para celebrar una beatificación, y más aún porque hoy un Papa ha sido proclamado Beato, un Sucesor de Pedro, llamado a confirmar en la fe a los hermanos. Juan Pablo II es beato por su fe, fuerte y generosa, apostólica. E inmediatamente recordamos otra bienaventuranza: «¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo» (Mt 16, 17). ¿Qué es lo que el Padre celestial reveló a Simón? Que Jesús es el Cristo, el Hijo del Dios vivo. Por esta fe Simón se convierte en «Pedro», la roca sobre la que Jesús edifica su Iglesia. La bienaventuranza eterna de Juan Pablo II, que la Iglesia tiene el gozo de proclamar hoy, está incluida en estas palabras de Cristo: «Dichoso, tú, Simón» y «Dichosos los que crean sin haber visto». Ésta es la bienaventuranza de la fe, que también Juan Pablo II recibió de Dios Padre, como un don para la edificación de la Iglesia de Cristo.
Pero nuestro pensamiento se dirige a otra bienaventuranza, que en el evangelio precede a todas las demás. Es la de la Virgen María, la Madre del Redentor. A ella, que acababa de concebir a Jesús en su seno, santa Isabel le dice: «Dichosa tú, que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá» (Lc 1, 45). La bienaventuranza de la fe tiene su modelo en María, y todos nos alegramos de que la beatificación de Juan Pablo II tenga lugar en el primer día del mes mariano, bajo la mirada maternal de Aquella que, con su fe, sostuvo la fe de los Apóstoles, y sostiene continuamente la fe de sus sucesores, especialmente de los que han sido llamados a ocupar la cátedra de Pedro. María no aparece en las narraciones de la resurrección de Cristo, pero su presencia está como oculta en todas partes: ella es la Madre a la que Jesús confió cada uno de los discípulos y toda la comunidad. De modo particular, notamos que la presencia efectiva y materna de María ha sido registrada por san Juan y san Lucas en los contextos que preceden a los del evangelio de hoy y de la primera lectura: en la narración de la muerte de Jesús, donde María aparece al pie de la cruz (cf. Jn 19, 25); y al comienzo de los Hechos de los Apóstoles, que la presentan en medio de los discípulos reunidos en oración en el cenáculo (cf. Hch. 1, 14).
También la segunda lectura de hoy nos habla de la fe, y es precisamente san Pedro quien escribe, lleno de entusiasmo espiritual, indicando a los nuevos bautizados las razones de su esperanza y su alegría. Me complace observar que en este pasaje, al comienzo de su Primera carta, Pedro no se expresa en un modo exhortativo, sino indicativo; escribe, en efecto: «Por ello os alegráis», y añade: «No habéis visto a Jesucristo, y lo amáis; no lo veis, y creéis en él; y os alegráis con un gozo inefable y transfigurado, alcanzando así la meta de vuestra fe: vuestra propia salvación» (1 P 1, 6.8-9). Todo está en indicativo porque hay una nueva realidad, generada por la resurrección de Cristo, una realidad accesible a la fe. «Es el Señor quien lo ha hecho –dice el Salmo (118, 23)- ha sido un milagro patente», patente a los ojos de la fe.
Queridos hermanos y hermanas, hoy resplandece ante nuestros ojos, bajo la plena luz espiritual de Cristo resucitado, la figura amada y venerada de Juan Pablo II. Hoy, su nombre se añade a la multitud de santos y beatos que él proclamó durante sus casi 27 años de pontificado, recordando con fuerza la vocación universal a la medida alta de la vida cristiana, a la santidad, como afirma la Constitución conciliar sobre la Iglesia Lumen gentium. Todos los miembros del Pueblo de Dios –Obispos, sacerdotes, diáconos, fieles laicos, religiosos, religiosas- estamos en camino hacia la patria celestial, donde nos ha precedido la Virgen María, asociada de modo singular y perfecto al misterio de Cristo y de la Iglesia. Karol Wojtyła, primero como Obispo Auxiliar y después como Arzobispo de Cracovia, participó en el Concilio Vaticano II y sabía que dedicar a María el último capítulo del Documento sobre la Iglesia significaba poner a la Madre del Redentor como imagen y modelo de santidad para todos los cristianos y para la Iglesia entera. Esta visión teológica es la que el beato Juan Pablo II descubrió de joven y que después conservó y profundizó durante toda su vida. Una visión que se resume en el icono bíblico de Cristo en la cruz, y a sus pies María, su madre. Un icono que se encuentra en el evangelio de Juan (19, 25-27) y que quedó sintetizado en el escudo episcopal y posteriormente papal de Karol Wojtyła: una cruz de oro, una «eme» abajo, a la derecha, y el lema: «Totus tuus», que corresponde a la célebre expresión de san Luis María Grignion de Monfort, en la que Karol Wojtyła encontró un principio fundamental para su vida: «Totus tuus ego sum et omnia mea tua sunt. Accipio Te in mea omnia. Praebe mihi cor tuum, Maria -Soy todo tuyo y todo cuanto tengo es tuyo. Tú eres mi todo, oh María; préstame tu corazón». (Tratado de la verdadera devoción a la Santísima Virgen, n. 266).
El nuevo Beato escribió en su testamento: «Cuando, en el día 16 de octubre de 1978, el cónclave de los cardenales escogió a Juan Pablo II, el primado de Polonia, cardenal Stefan Wyszyński, me dijo: "La tarea del nuevo Papa consistirá en introducir a la Iglesia en el tercer milenio"». Y añadía: «Deseo expresar una vez más gratitud al Espíritu Santo por el gran don del Concilio Vaticano II, con respecto al cual, junto con la Iglesia entera, y en especial con todo el Episcopado, me siento en deuda. Estoy convencido de que durante mucho tiempo aún las nuevas generaciones podrán recurrir a las riquezas que este Concilio del siglo XX nos ha regalado. Como obispo que participó en el acontecimiento conciliar desde el primer día hasta el último, deseo confiar este gran patrimonio a todos los que están y estarán llamados a aplicarlo. Por mi parte, doy las gracias al eterno Pastor, que me ha permitido estar al servicio de esta grandísima causa a lo largo de todos los años de mi pontificado». ¿Y cuál es esta «causa»? Es la misma que Juan Pablo II anunció en su primera Misa solemne en la Plaza de San Pedro, con las memorables palabras: «¡No temáis! !Abrid, más todavía, abrid de par en par las puertas a Cristo!». Aquello que el Papa recién elegido pedía a todos, él mismo lo llevó a cabo en primera persona: abrió a Cristo la sociedad, la cultura, los sistemas políticos y económicos, invirtiendo con la fuerza de un gigante, fuerza que le venía de Dios, una tendencia que podía parecer irreversible. Con su testimonio de fe, de amor y de valor apostólico, acompañado de una gran humanidad, este hijo ejemplar de la Nación polaca ayudó a los cristianos de todo el mundo a no tener miedo de llamarse cristianos, de pertenecer a la Iglesia, de hablar del Evangelio. En una palabra: ayudó a no tener miedo de la verdad, porque la verdad es garantía de libertad. Más en síntesis todavía: nos devolvió la fuerza de creer en Cristo, porque Cristo es Redemptor hominis, Redentor del hombre: el tema de su primera Encíclica e hilo conductor de todas las demás.
Karol Wojtyła subió al Solio de Pedro llevando consigo la profunda reflexión sobre la confrontación entre el marxismo y el cristianismo, centrada en el hombre. Su mensaje fue éste: el hombre es el camino de la Iglesia, y Cristo es el camino del hombre. Con este mensaje, que es la gran herencia del Concilio Vaticano II y de su «timonel», el Siervo de Dios el Papa Pablo VI, Juan Pablo II condujo al Pueblo de Dios a atravesar el umbral del Tercer Milenio, que gracias precisamente a Cristo él pudo llamar «umbral de la esperanza». Sí, él, a través del largo camino de preparación para el Gran Jubileo, dio al Cristianismo una renovada orientación hacia el futuro, el futuro de Dios, trascendente respecto a la historia, pero que incide también en la historia. Aquella carga de esperanza que en cierta manera se le dio al marxismo y a la ideología del progreso, él la reivindicó legítimamente para el Cristianismo, restituyéndole la fisonomía auténtica de la esperanza, de vivir en la historia con un espíritu de «adviento», con una existencia personal y comunitaria orientada a Cristo, plenitud del hombre y cumplimiento de su anhelo de justicia y de paz.
Quisiera finalmente dar gracias también a Dios por la experiencia personal que me concedió, de colaborar durante mucho tiempo con el beato Papa Juan Pablo II. Ya antes había tenido ocasión de conocerlo y de estimarlo, pero desde 1982, cuando me llamó a Roma como Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, durante 23 años pude estar cerca de él y venerar cada vez más su persona. Su profundidad espiritual y la riqueza de sus intuiciones sostenían mi servicio. El ejemplo de su oración siempre me ha impresionado y edificado: él se sumergía en el encuentro con Dios, aun en medio de las múltiples ocupaciones de su ministerio. Y después, su testimonio en el sufrimiento: el Señor lo fue despojando lentamente de todo, sin embargo él permanecía siempre como una «roca», como Cristo quería. Su profunda humildad, arraigada en la íntima unión con Cristo, le permitió seguir guiando a la Iglesia y dar al mundo un mensaje aún más elocuente, precisamente cuando sus fuerzas físicas iban disminuyendo. Así, él realizó de modo extraordinario la vocación de cada sacerdote y obispo: ser uno con aquel Jesús al que cotidianamente recibe y ofrece en la Eucaristía.
En el texto de la homilía: ¡Dichoso tú, amado Papa Juan Pablo, porque has creído! Te rogamos que continúes sosteniendo desde el Cielo la fe del Pueblo de Dios. [E improvisando, Benedicto XVI añadió:] Tantas veces nos has bendecido desde esta plaza. Santo Padre, hoy te pedimos, bendícenos. Amén.

domingo, 1 de mayo de 2011

Totus Tuus

Todo Tuyo



¡Virgen, Madre de mi Dios,
Haz que yo sea todo tuyo!
Tuyo en la vida
tuyo en la muerte,
Tuyo en el sufrimiento,
tuyo en el miedo
y en la miseria,
tuyo en la Cruz
y en el doloroso desaliento,
tuyo en el tiempo
y en la eternidad,
Virgen, Madre de mi Dios
¡haz que yo sea todo tuyo!

Oración de SS Juan Pablo II